La cuenta de los días es algo muy personal, es la forma en que uno decide hacer lo que quiere y de ahí contar los días, las historias de los días, los que me implican, los que me rodean, con los que comparto y con los que disfruto. Esa es la cuenta de los días.
La cuenta de los días me lleva a pensar en lo que ahora haces uno con el tiempo, lo real. Hablaba de vivir la vida, pero, qué tanto la vivimos. Si nos remontamos a la Grecia antigua y hurgamos un poco en su historia, no del pensamiento, la historia de la vida de las personas, encontraremos que los griegos le daban gran importancia al ocio. Ahora, el ocio en algunas sociedades es considerado casi tan malo como recientemente lo era el sexo (bueno, un todavía lo es).
Vivimos en una sociedad consumista que constantemente nos ofrece más y más que consumir, pero esa misma sociedad consumista crea y recrea lo que hace todos los días, nos pide que seamos responsables de lo que nos ofrece, que consumamos todo, por que “todo, es necesario”, más allá de útil, más allá de revalorizar la palabra necesario, es a su entender, necesario para estar en concordancia con el mundo moderno, para poder estar comunicados, para poder ser “competitivo”, y sí, en realidad no es tan malo (aunque lo que es malo y lo que no es, también hay que revalorizarlo) cuando es una herramienta para la vida “moderna”. Lo malo es que no disfrutamos de las cosas que tenemos, de incluso lo que con tanto afán nos venden y con tanto afán compramos, lo consumimos, aunque nunca lo usemos. De tal manera que hay que revalorizar esa cuestión, qué tan necesario es “lo necesario”.
Volvamos al ocio. El ocio es una condición casi natural y por tanto digna de disfrutar lo que hay en la vida debe ser vida, sólo eso, vida simple.
Moraleja: revaloricemos las palabras que usamos todos los días, por su significado e implicación directa en la realidad, en la vida, en lo tangible de nuestras existencias, revaloricemos esas pequeñas formas que he expuesto aquí, revaloricemos la forma en que estamos jugando el juego de la vida. Un juego complicado, estresado, con más reglas que diversión, no es juego.
El ocio no implica volcarnos a la sociedad del consumo, implica aprender a disfrutar, hacer lo que da satisfacción (con libertad y respeto por delante).

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